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No Chains, un faro en la oscuridad de la industria de la moda
La industria de la indumentaria es noticia esta semana por dos hechos diferentes pero con origen común. Por un lado, una nueva discusión sobre saladas y saladitas . Por el otro, el lanzamiento de la marca global No Chains (Sin Cadenas). Por Ariel Lieutier*

04-06-2010

Distintos medios han dado cuenta del tema (siempre recurrente) de La Salada y las demás ferias informales en las cuales se comercializan prendas a bajos precios. Los detractores de este tipo de emprendimientos señalan que en ellas se vende ropa de marca falsificada y que los bajos precios se explican por la evasión impositiva y por el hecho de que en los talleres que las confeccionan se utiliza trabajo esclavo.

En la otra punta, el lanzamiento de No Chains por parte de las cooperativas La Alameda, de la Argentina, y Dignity Returns, en Tailandia, abre un nuevo horizonte en la lucha contra el trabajo esclavo. Estas cooperativas están formadas por costureros que eran explotados en condiciones de trabajo esclavo. Los miembros de La Alameda sufrían esas condiciones en los talleres clandestinos de Buenos Aires. Los de Dignity Returns trabajaban en empresas tailandesas subcontratistas de algunas de las principales marcas internacionales.

No Chains representa un salto cualitativo en la estrategia de los trabajadores, que pasan de la mera, aunque valiosa, denuncia de las condiciones laborales imperantes en la industria, a la construcción de nuevas condiciones y nuevos escenarios.

Un hecho y el otro hablan de las luces y las sombras que conviven en la industria de indumentaria. La Salada, rodeada de oscuridad, y No Chains, con toda su luminosidad, tienen una raíz común: el funcionamiento mismo de la industria.

Más del 70% de los trabajadores se encuentra en negro, muchos de ellos incluso sufren condiciones que lindan con la esclavitud. La precariedad laboral involucra tanto a las grandes marcas como las que venden en las ferias informales.

El argumento de que los bajos precios de La Salada son posibles por la evasión impositiva es parcial, ya que ella sólo explicaría que las prendas sean un 21% más baratas respecto al resto de la industria, cuando los precios en este tipo de ferias suelen ser todavía mucho menores.

En tanto, el argumento de que son las condiciones laborales, con las que se fabrican las prendas, las que hacen que el precio sea menor, es lisa y llanamente falaz.

En primer lugar porque el peso de los salarios de los costureros en la formación del precio de venta es bajo. Según investigaciones recientes (cuyos resultados se encuentran plasmados en el libro Esclavos, los trabajadores costureros de la Ciudad de Buenos Aires) los trabajadores de los talleres clandestinos reciben en promedio menos del 2% del valor de venta de las prendas que fabrican. En segundo lugar porque los talleres clandestinos también son utilizados por algunas de las grandes marcas.

No se puede dejar de señalar que quienes manifiestan que el trabajo esclavo es resultante de ferias como La Salada omiten los numerosos elementos que vinculan a algunas de las más grandes marcas con talleres clandestinos, entre ellos los aportados por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y otras autoridades a la Justicia.

Así, los principales argumentos que se utilizan para explicar la proliferación de emprendimientos como el de La Salada se caen por su propio peso. Por ello, para entender el porqué de este fenómeno, hay que rastrear las causas en la estructura de precios de la industria, donde el valor de venta de una prenda suele alcanzar hasta el 500% de su costo de confección. En tanto, los encargados de los talleres (talleristas) clandestinos reciben poco más del 3% del valor de venta de las prendas (y de ese porcentaje deben pagarles a sus trabajadores).

La conjunción de estas dos situaciones hace posible el surgimiento de emprendimientos como las saladitas. Dado los bajos precios que las marcas pagan a los talleres y los márgenes existentes entre el costo de confección de una prenda y el valor de venta, hacen que algunos talleristas se organicen para la instalación de puntos de venta sin intermediarios. De esta manera pueden fijar precios sensiblemente menores que los del resto de la industria y aun así obtener amplios márgenes de ganancia.

Como se ve, emprendimientos como La Salada y sus parientes menores (las saladitas) son vías alternativas de comercialización que utilizan los talleristas como forma de evitar la explotación de las marcas. Sin embargo, los trabajadores rara vez se benefician con ésta, y sus condiciones laborales continúan tan precarias como antes.

Como contrapartida, el lanzamiento de No Chains es una estrategia de los trabajadores para escapar de la explotación, tanto de las marcas como de los talleristas. Efectivamente, La Alameda hace años ha conformado una cooperativa con costureros que han sido víctimas de trabajo esclavo. Al principio, producían exclusivamente para terceros, pero rápidamente descubrieron que la estructura de precios vigente en la industria condena a los trabajadores a los bajos salarios. Por ello, a la par que luchan para cambiar esa estructura de precios, lanzaron primero su marca propia –Mundo Alameda–, y ahora la marca global No Chains.

La marca global aparece como un faro para demostrar que las condiciones que sufren los trabajadores no son una condición necesaria para el sostenimiento de una empresa o de un sector industrial, y que es posible producir de manera sustentable con trabajo decente. Si un grupo de trabajadores desde un pequeñito rincón del Parque Avellaneda han podido realizar todo esto, ¿cuánto más podrían realizar otros actores de la cadena con capacidad económica y comunicacional infinitamente mayores?

* Economista (UBA), coordinador del Área de Trabajo y Empleo de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (SID-Baires). Autor del libro Esclavos, los trabajadores costureros de la Ciudad de Buenos Aires

 

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